Aún cuando ninguno de los relieves pronunciados de los nombres de los libros que estaban en el estante convencían a mis expectativas vencidas ya, me atreví a distraer las ganas con portadas poco prodcutivas. Los cuerpos sin desgastar evidenciaban que, para el osado que comenzó a leer, los finales eran tan desconocidos y tan predecibles que prefirió acomodarlos en aquel mueble de roble; tanto así, que hasta los cuadernos asomados casi al final parecían reclamar conclusiones a los poemas que alguna vez yo había comenzado en esas hojas. Por lo menos así lo creí.
En mi afán de corresponder a lo que pedían descubrí que no me equivocaba tanto, como también la imposibilidad de terminar lo escrito ahí: las letras de mi hermana apenas en las primeras hojas reproducían los inicios de los días en su último año de colegio, mientras que las quejas de su profesora, escritas con tinta roja, recalcaban en sus tareas incompletas.
Después de seis años sus vocales no tomaron la forma de todo lo que pudieron decir sus palabras prematuras y las fechas en el comienzo de las páginas, desordenadas y esparcidas en el febrero del noventa y siete, anunciaban un marzo lleno de su ausencia.
jueves, 1 de enero de 2009
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