Eres mi visita

viernes, 9 de noviembre de 2007

Monólogos de Frida (Primera Parte)


Su tez morena; su olor a puta de esquina; la voz de cantante de taberna; las barbas anchas y piojosas; su sombrero de copa alta roído por los ratones; sus orejas musculosas y rosadas; dos dientes quebrados por el metal; su cuello pulgoso y oscuro por el mugre de sus manos largas y estrechas; sus dedos como sanguijuelas blancas con costuras de colores; sus piernas cortas y malformadas, dos columnas con pinturas de vándalos jóvenes calvos; sus pies como tranvía, uno que no se llame deseo y sea automático y a gas; su mirada pútrida como la de un perro cuando lo apuñalas, como un punto blanco en un infinito color rosa.
Veintitrés sucios años al lado de un monstruo de siete cabezas y media, siendo esclava de un emperador que no tiene todavía vello en la ingle, queriendo ser una gran estatua cubierta de mierda de pájaros sin plumas y sin pico y sin ojos. Y cómo mete sus cochinos dedos en mi con sus uñas holgadas y punzantes como la mirada de aquel mismo perro que apuñalas, rasgando mi interior, cortando y volviendo a cortar la cicatriz que me dejó la uña del dedo de la semana pasada. Su imperdonable gusto por la música bailable que canta algún gitano drogadicto y casposo, como todos, gritando cualquier par de barrabasadas para transformar un sueño pequeño y en pijama a una posibilidad de eyacular en la persona que se para en la esquina de la casa de tu mejor amiga en una fiesta gay, como un pedazo de tierra infinito donde la brújulas no funcionan y los pequeños duendes albinos te desvalijan, llevándose tus recuerdos más indigentes, violando un pedazo de ti que nunca te habías conocido. Su cuerpo un basurero como los que ves en las películas que ganan un premio con el nombre del vecino ó del que atiende la tienda de la esquina, donde todo es más caro, y dónde todos tienen un ligero acento del interior.
Y no hablemos de lo que es porque puede hacernos mal a ti y a mí, basta con decir que es más perverso que un comediante peruano de los que tienen bigote y un collar con las fotos de la virgen en el pecho donde la camisa deja entrever su hombría en forma de gusano enjuto, como los que aparecen en tu cereal cuando regresas de vacaciones, vacaciones en la mitad de la nada porque estabas muy drogado tratando de recordar una niñez que fue ultrajada y nunca dijiste nada, tus labios se sellaron como los paquetes que envían de un lugar a otro con cosas innecesarias como las que tienes debajo de la cama con las cartas de el amor que ya pasó, ese que no era más que sexo puro, de esos que tienen espinillas sonrientes.

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