
Siguiendo con los paquetes sellados me gustaban la lluvia y la nieve, esos días no iba al colegio. Siempre me sentaba en el piso, como cuando esperas en una sala de un hospital a que alguna viuda, soltera o tristemente casada mujer, vestida de blanco, te avise que ya tienen tu acta de defunción.
Me gustaban las matemáticas, le daba vida a los números y jugaba con ellos, eran mis juguetes, los que nunca pude tener. Me gustaban los números pares. También me gustaba el inglés; Perdía mi identidad por momentos y me sentía superior, uno de esos que vuelan con una capa larga y por alguna extraña razón llevan los calzones por fuera. A veces los niños del salón me levantaban la falda, a veces me la quitaban. A veces yo iba sin falda. Me alegraba sentir que por lo menos me tocaban, que todos los niños se concentraran en mí una vez al día. A veces las niñas también me tocaban. A mi no me gustaba tocar.
Me dio miedo cuando cambié de colegio, los del primero ya conocían mi cuerpo y sabían cómo tocarme, los del nuevo eran apenas aprendices. En una ocasión un chico me hizo sangrar porque no quiso tocarme con los dedos. Sólo sangré esa vez. Cuando cumplí trece volvió a correr sangre, pero ésta vez nadie me había tocado, me asusté, el chico también. Pensamos que había rasgado algo dentro de mí y hoy me doy cuenta que si, me había quebrado el corazón cuando me dijo que él también quería sangrar; Pero por donde yo sangraba. La última vez que lo vi fue en un hospital, pensé que mi chico saldría como yo, como otra Frida. Esperé hasta que salió una mujer, era viuda. Secó mis lágrimas de quinceañera lesbiana y me habló al oído: “No te preocupes por ella, ya está bien”. Salí del hospital. Nunca volví a ver a Fausto.
Me gustaban las matemáticas, le daba vida a los números y jugaba con ellos, eran mis juguetes, los que nunca pude tener. Me gustaban los números pares. También me gustaba el inglés; Perdía mi identidad por momentos y me sentía superior, uno de esos que vuelan con una capa larga y por alguna extraña razón llevan los calzones por fuera. A veces los niños del salón me levantaban la falda, a veces me la quitaban. A veces yo iba sin falda. Me alegraba sentir que por lo menos me tocaban, que todos los niños se concentraran en mí una vez al día. A veces las niñas también me tocaban. A mi no me gustaba tocar.
Me dio miedo cuando cambié de colegio, los del primero ya conocían mi cuerpo y sabían cómo tocarme, los del nuevo eran apenas aprendices. En una ocasión un chico me hizo sangrar porque no quiso tocarme con los dedos. Sólo sangré esa vez. Cuando cumplí trece volvió a correr sangre, pero ésta vez nadie me había tocado, me asusté, el chico también. Pensamos que había rasgado algo dentro de mí y hoy me doy cuenta que si, me había quebrado el corazón cuando me dijo que él también quería sangrar; Pero por donde yo sangraba. La última vez que lo vi fue en un hospital, pensé que mi chico saldría como yo, como otra Frida. Esperé hasta que salió una mujer, era viuda. Secó mis lágrimas de quinceañera lesbiana y me habló al oído: “No te preocupes por ella, ya está bien”. Salí del hospital. Nunca volví a ver a Fausto.

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