
Me balanceaba en el pétalo de una flor casi marchita. El brillo de los ojos de las libélulas que me visitaban en las noches iluminaban el pequeño pistilo del que me agarraba para no caer al pasto húmedo y muerto ya. Las gotas de las lluvias intermitentes de un mes sombrío se hospedaban tristes en el interior de mi flor; Las hacía mías con mi otra mano desnuda, con la que no me aferraba a una ilusión para no caer a una realidad inhóspita, y escribía, dibujaba intentos de letras sobre las hojas moribundas de mi flor, pero se desvanecían apresuradamente, se las tragaba la tierra. Literalmente. Alguna vez le escribí de un sueño que tuve en una de esas noches en las que no pensé en mi; Estaba recostada en una ventana que pendulaba de un delgado pero fuerte hilo color tornasol que se asomaba de un ojo amarillento que me miraba desde arriba y veía a alguien que me observaba desde otra ventana, que estaba en la arena. Ese diminuto y hostil hombrecillo de bigotes me miraba con deseo. Varias veces le sonreí. Algunas otras me hablaba, pero nunca lo escuché. Trababa de leer sus labios gruesos y toscos y provocativos pero era evidente que no hablaba mi idioma, el que no tiene letras ni sonidos. Caída ya la noche un delicado viento atrajo las arenas y las hojas caídas de un otoño gris y tapó la ventana de mi pequeño hombrecillo.
Cuando desperté la ventana ya no estaba, seguía siendo de noche y la mano del pistilo sangraba.
Espero que ésta, las hoja más hermosa que creció en mi flor, escrita con densas lluvias de mis ojos, todavía cerrados, que se adhirieron a lo más profundo del verde de las hojas, pueda llegar a las manos de mi hombrecillo, al que ahora lleva cabellos frondosos, aretes largos y sin bigote; El que alguna vez empapado de mi me dio otro beso, pero en la boca de arriba.

1 comentario:
Nadie comprende la grandeza ts letras, al parecer. Pero entre esquizos nos entendemos. Un abrazo.
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