Eres mi visita

jueves, 1 de enero de 2009

Delicadencia

Aún cuando ninguno de los relieves pronunciados de los nombres de los libros que estaban en el estante convencían a mis expectativas vencidas ya, me atreví a distraer las ganas con portadas poco prodcutivas. Los cuerpos sin desgastar evidenciaban que, para el osado que comenzó a leer, los finales eran tan desconocidos y tan predecibles que prefirió acomodarlos en aquel mueble de roble; tanto así, que hasta los cuadernos asomados casi al final parecían reclamar conclusiones a los poemas que alguna vez yo había comenzado en esas hojas. Por lo menos así lo creí.
En mi afán de corresponder a lo que pedían descubrí que no me equivocaba tanto, como también la imposibilidad de terminar lo escrito ahí: las letras de mi hermana apenas en las primeras hojas reproducían los inicios de los días en su último año de colegio, mientras que las quejas de su profesora, escritas con tinta roja, recalcaban en sus tareas incompletas.
Después de seis años sus vocales no tomaron la forma de todo lo que pudieron decir sus palabras prematuras y las fechas en el comienzo de las páginas, desordenadas y esparcidas en el febrero del noventa y siete, anunciaban un marzo lleno de su ausencia.

miércoles, 9 de abril de 2008

Antologías y raíces

Las vueltas no se dan porque sí.
Más que a una conexión sanguínea
se debe a una mítica y voraz
que no respeta las vísceras de dos cuerpos
que vienen del mismo lugar,
dos almas fecundadas en una sola,
dos mentes forjadas del mismo polvo.


Girar sometido bajo la sombría silueta del círculo
una y otra vez hasta estallar
no solo depende de la mano más oscura
si no también de la verdad más pura e innegable: La raíz;
de miradas en mundos paralelos;
de póstumos pecados compartidos.


Pero todo tiene su fin y su mal.
Todavía faltaban años y dientes,
gritos y paces,
besos y furias.
Y ante el imponente regaño de una virgen,
todo concluyó en su recuerdo
de olores nauseabundos
y sabores agrios.

viernes, 11 de enero de 2008

Sin Título

Antes de tu partida quiero que conozcas el por qué de mi decisión.
Es de suma importancia que entiendas que nunca pensé en ti, que nunca contemplé tu pronta llegada, que me abstuve de poder enamorarme del producto de un sentimiento pasajero, del resultado de una noche fugaz con alguien que no valía la pena. Las cosas se dieron y accedí. Él me tomó y, para ser sincera, nunca estuviste en mis pensamientos. Viví el momento sin que existieras en mi cabeza ni en mis adentros y, para qué lo niego, lo disfruté.
Pasaron los días y yo seguía sin imaginar que podrías sentirme, que podrías amarme, que no podrías vivir sin mí. No te presté mucha atención. Él seguía viniendo, llenando los vacíos de mi cuerpo, bordeando mi piel y yo, que tanto dudé de ti, seguía entregándole mis noches y mis ganas, sin visualizar una póstuma traición.
Con el tiempo los meses se escurrían y la duda se agigantaba, el miedo cubría mi ser y tú, sin decir nada, empezaste a ser parte de mí sin que me diera cuenta, sin avisarme. Sentí la necesidad de comprobar tu arribo y te sentí en lo más profundo, quejándote de lo poco que te daba, mascullando en mis sueños, hablándome desde mis entrañas, exigiéndome un amor que nunca planeé.
Los días se hacían largos y las alternativas más escasas y mi afirmativa debía ser oportuna ante la incapacidad y la impotencia de no ser lo que tú esperabas y de lo que sé que no puedo llegar a ser; no por ahora. Él se percató de tu existencia y se marchó, dejando la supuesta certeza de su inculpabilidad, reprochándome un silencio que jamás fue a propósito y quedé yo ahí, silenciada por un imposible ahora real, con la posibilidad de convertirme en asesina y eliminar una parte de mí que hasta hace pocos días conozco: Tú.
Necesito que comprendas que mi indecisión fue monumental y que no es por desamor que estoy acostada aquí, semidesnuda, esperando a otro hombre que borre de mí tu ser y sé, sé que te engañé de la forma más vil, pero entiéndeme, eres tú ó yo, y tú, aún, eres un simple foráneo con intenciones de venir.
Ha llegado el momento, se han abierto las puertas y el ha entrado y, aunque no debería, siento un dolor voraz que desgarra mi interior y te siento a ti tratando de quedarte y tu llanto silencioso que me atormentará cuando intente recordar tu rostro desconocido y lo que pudiste llegar a ser si mis decisiones hubiesen sido las adecuadas en momentos de euforia y frenesí.
Te pido perdón y me arrodillaría para rezar y suplicar por tu cuidado si no fuera por el dolor que me consume; aún sigo recostada en la oxidad camilla de hospital que fue testigo de mis palabras y del amor que profeso por ti, aunque haya sido yo con un efímero sí, la que robó tu vida apenas naciente, la que acabó, hace unos cuantos minutos, con la sutil añoranza de ser tu madre.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Monólogos de Frida (Tercera Parte)



Me balanceaba en el pétalo de una flor casi marchita. El brillo de los ojos de las libélulas que me visitaban en las noches iluminaban el pequeño pistilo del que me agarraba para no caer al pasto húmedo y muerto ya. Las gotas de las lluvias intermitentes de un mes sombrío se hospedaban tristes en el interior de mi flor; Las hacía mías con mi otra mano desnuda, con la que no me aferraba a una ilusión para no caer a una realidad inhóspita, y escribía, dibujaba intentos de letras sobre las hojas moribundas de mi flor, pero se desvanecían apresuradamente, se las tragaba la tierra. Literalmente. Alguna vez le escribí de un sueño que tuve en una de esas noches en las que no pensé en mi; Estaba recostada en una ventana que pendulaba de un delgado pero fuerte hilo color tornasol que se asomaba de un ojo amarillento que me miraba desde arriba y veía a alguien que me observaba desde otra ventana, que estaba en la arena. Ese diminuto y hostil hombrecillo de bigotes me miraba con deseo. Varias veces le sonreí. Algunas otras me hablaba, pero nunca lo escuché. Trababa de leer sus labios gruesos y toscos y provocativos pero era evidente que no hablaba mi idioma, el que no tiene letras ni sonidos. Caída ya la noche un delicado viento atrajo las arenas y las hojas caídas de un otoño gris y tapó la ventana de mi pequeño hombrecillo.


Cuando desperté la ventana ya no estaba, seguía siendo de noche y la mano del pistilo sangraba.


Espero que ésta, las hoja más hermosa que creció en mi flor, escrita con densas lluvias de mis ojos, todavía cerrados, que se adhirieron a lo más profundo del verde de las hojas, pueda llegar a las manos de mi hombrecillo, al que ahora lleva cabellos frondosos, aretes largos y sin bigote; El que alguna vez empapado de mi me dio otro beso, pero en la boca de arriba.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Monólogos de Frida (Segunda Parte)


Siguiendo con los paquetes sellados me gustaban la lluvia y la nieve, esos días no iba al colegio. Siempre me sentaba en el piso, como cuando esperas en una sala de un hospital a que alguna viuda, soltera o tristemente casada mujer, vestida de blanco, te avise que ya tienen tu acta de defunción.
Me gustaban las matemáticas, le daba vida a los números y jugaba con ellos, eran mis juguetes, los que nunca pude tener. Me gustaban los números pares. También me gustaba el inglés; Perdía mi identidad por momentos y me sentía superior, uno de esos que vuelan con una capa larga y por alguna extraña razón llevan los calzones por fuera. A veces los niños del salón me levantaban la falda, a veces me la quitaban. A veces yo iba sin falda. Me alegraba sentir que por lo menos me tocaban, que todos los niños se concentraran en mí una vez al día. A veces las niñas también me tocaban. A mi no me gustaba tocar.
Me dio miedo cuando cambié de colegio, los del primero ya conocían mi cuerpo y sabían cómo tocarme, los del nuevo eran apenas aprendices. En una ocasión un chico me hizo sangrar porque no quiso tocarme con los dedos. Sólo sangré esa vez. Cuando cumplí trece volvió a correr sangre, pero ésta vez nadie me había tocado, me asusté, el chico también. Pensamos que había rasgado algo dentro de mí y hoy me doy cuenta que si, me había quebrado el corazón cuando me dijo que él también quería sangrar; Pero por donde yo sangraba. La última vez que lo vi fue en un hospital, pensé que mi chico saldría como yo, como otra Frida. Esperé hasta que salió una mujer, era viuda. Secó mis lágrimas de quinceañera lesbiana y me habló al oído: “No te preocupes por ella, ya está bien”. Salí del hospital. Nunca volví a ver a Fausto.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Monólogos de Frida (Primera Parte)


Su tez morena; su olor a puta de esquina; la voz de cantante de taberna; las barbas anchas y piojosas; su sombrero de copa alta roído por los ratones; sus orejas musculosas y rosadas; dos dientes quebrados por el metal; su cuello pulgoso y oscuro por el mugre de sus manos largas y estrechas; sus dedos como sanguijuelas blancas con costuras de colores; sus piernas cortas y malformadas, dos columnas con pinturas de vándalos jóvenes calvos; sus pies como tranvía, uno que no se llame deseo y sea automático y a gas; su mirada pútrida como la de un perro cuando lo apuñalas, como un punto blanco en un infinito color rosa.
Veintitrés sucios años al lado de un monstruo de siete cabezas y media, siendo esclava de un emperador que no tiene todavía vello en la ingle, queriendo ser una gran estatua cubierta de mierda de pájaros sin plumas y sin pico y sin ojos. Y cómo mete sus cochinos dedos en mi con sus uñas holgadas y punzantes como la mirada de aquel mismo perro que apuñalas, rasgando mi interior, cortando y volviendo a cortar la cicatriz que me dejó la uña del dedo de la semana pasada. Su imperdonable gusto por la música bailable que canta algún gitano drogadicto y casposo, como todos, gritando cualquier par de barrabasadas para transformar un sueño pequeño y en pijama a una posibilidad de eyacular en la persona que se para en la esquina de la casa de tu mejor amiga en una fiesta gay, como un pedazo de tierra infinito donde la brújulas no funcionan y los pequeños duendes albinos te desvalijan, llevándose tus recuerdos más indigentes, violando un pedazo de ti que nunca te habías conocido. Su cuerpo un basurero como los que ves en las películas que ganan un premio con el nombre del vecino ó del que atiende la tienda de la esquina, donde todo es más caro, y dónde todos tienen un ligero acento del interior.
Y no hablemos de lo que es porque puede hacernos mal a ti y a mí, basta con decir que es más perverso que un comediante peruano de los que tienen bigote y un collar con las fotos de la virgen en el pecho donde la camisa deja entrever su hombría en forma de gusano enjuto, como los que aparecen en tu cereal cuando regresas de vacaciones, vacaciones en la mitad de la nada porque estabas muy drogado tratando de recordar una niñez que fue ultrajada y nunca dijiste nada, tus labios se sellaron como los paquetes que envían de un lugar a otro con cosas innecesarias como las que tienes debajo de la cama con las cartas de el amor que ya pasó, ese que no era más que sexo puro, de esos que tienen espinillas sonrientes.

domingo, 7 de octubre de 2007

Cartas a Virginia (Última Parte)

Virginia leía mis cartas una por una todas las noches. Dormía de costado, dando la espalda a la ventana, porque la asustaban los fantasmas de la casa del árbol.
Le gustaban los días de sol en el jardín y los pintalabios rojos; las faldas cortas y los tacones altos; las palomas, los cuchillos y el sabor de la sangre.
Era tímida, callada y muy observadora, decidida. Era misógina.
Prefería octubre entre los meses. Su pasión se refugiaba en disfraces, disfraces que la hacían ser ella.
Tenía mariposas y claveles, pero sus favoritas eran las rosas rojas.
Sus piernas largas y robustas se ensanchaban en las caderas, ojos saltones y cabellos negros.
Se sentaba en la fuente con las piernas cruzadas y el cabello recogido. Se iba ya caída la noche murmurando canciones.
Era romántica, era mujer.
Cuando encontraron mi disfraz las rejas de una cárcel eran mi ventana. Perdí mis labios rojos, las faldas cortas y mis claveles. Hoy vuelvo a ser Fausto.

domingo, 5 de agosto de 2007

Antigua y Barbuda


Llegó a quedarse con las patas abiertas, a provocarme. Llegó en un avión rosa.

Creció entre pantanos y tristezas. Madura y maloliente se adentró en el bosque. Ahora está perdida.

Puberta, presumía de su perversión aún siendo virgen.

Por fin cayó de la última rama, ya podrida.

Sabía que no podría moverse. Tenía barbas y orejas sucias.

Seguía hablando con las plantas y escribiendo esto se alzaron las velas de la balsa blanca.

En ella dejó el bosque, las barbas y el mugre de las orejas.

viernes, 9 de marzo de 2007

Track 01

Frases elocuentes con Cotonetes en el día de la mujer mundial...

De letras, sopas sin amor.
Les debo mis momentos de alegría, mis lágrimas y mis sueños frustrados.
Por palabras, al soñar, les debo una margarita.

Perfecto edén lleno de quimeras indescifrables; Mi escondite predilecto.
El roce de tu piel es el sonar que anhela el beat de mi corazón.
Refugio de emociones ocultas, cementerio de penas, belleza disfrazada de humano.
En el ropero guardaré ese destello de tus ojos, para iluminar mis futuros pensamientos.
Dulce vaivén de palabras ya olvidadas, de renacientes corazones mendigos.
Ambrosía tú, como el pico de aquella birra en Cartagena.
Razones de todo, principio absoluto de mi, único deseo de mi monotonía.
Quinientos sesenta y nueve; Hoy vuelvo a pensar cómo sorprenderte con un beso.
Cauce de un pensamiento desenfrenado, desembocadura de mis manos.
Vuelvo a ti, las sobras de aquella sopa escriben tu nombre, mi religión.

Al cero que llena mi tiempo (Ximena), a la más bella gráfica de seno que he visto (Daniela), a aquellos rizos dorados (Andrea), a la sexy en el baño (Aleja), a la creadora de todo (Mamá), al despiste más atractivo (Edna), a la de los polvazos (Alexa), a mis otras dos madres, a todas las flores que han nacido en mi jardín y a ella, a la de la letra duplicada. Guzmán.

Madre mía... Tus sopas siempre han escrito amor, y me la como toda, Verush, Monalizz love you 2 so much. Awela... Super abuela.
Gracias por ser...
Juan (Cotonetes)

lunes, 26 de febrero de 2007

Memoria del día triste (A mi hermana)

Al que lea esto le revelo que no va a ser un escrito literario ni mucho menos poético, no esperen un buen escrito con estas letras, no crean que van a alimentar sus mentes nacientes con párrafos nada fantasiosos.
Al que quiera leer le puedo decir que el 26 de febrero todo vuelve a nacer, es una nuevo comienzo en mi vida funesta, es una quimera, un imposible vestido de quizá.
El que pierda su tiempo leyendo esto es bienvenido a conocer de su partida hace 10 años, de su huida inesperada, de el abandono inoportuno que causó. Siendo egoísta me cuestiono por qué me hizo eso y no escapa la idea del arribo mutuo. Una foto en mi cartera, vieja y maltrecha es lo único que acompaña mi eterna tristeza, es el testimonio de que siempre estuvo conmigo, de que siempre la amé; el recuerdo del tiempo con ella.
El que no tenga nada más que hacer que siga leyendo, que personifique el dolor que en mi vive, que comprenda que la muerte solo separa cuerpos, no almas, que aproveche el tiempo lacónico que ofrece ésta esfera.
Al que el aburrimiento abrume que sonría; Una sonrisa ahuyenta a la muerte imprescindible, al retiro inapelable, aparta el dolor innato de cada mónada existente.
Al que siga ojeando estas palabras atribuladas lo exhorto a que no comparta el suplicio perenne, a que siga albergándose en la felicidad accidental que nos causa los momentos efímeros de una existencia transitoria.
A ella solo pido su persistente compañía, su consagración que nutre mi esporádica realidad.

Deseo en cuatro ruedas

Nunca la había visto y jamás la volveré a ver. Por cisrcustancias imprácticas solo pude ver cómo se alejaba, con pasos abismales, estando tan cerca. El miedo se hizo inmanente en el momento preciso y callé, ni siquiera mis ganas tenían valentía. Me escondí tras una cara de impertinencia, simulé ser indiferente a su mirada devoradora. La conciencia tenía nombre propio, pero su insistencia nunca llegó a mis dendritas paralizadas. Mi oportunidad era vasta, mi probabilidad casi nula. Solo pude pensar en números, ver cómo se iba de mi cuando nunca estuvo conmigo, sucumbieron las lágrimas mientras perdía algo que nunca tuve. Éste es mi legado de esa noche en la que la hice mía sin ella notarlo; Una mugrienta silla de bus la regresará a mi, revivirá mi pecaminosa intención.

Aprendiendo a bailar (Parte I)

Vi venir su imponente sexo, lo vi caer sobre mi cuerpo inherte que apenas se llenaba de aire. Aún es insólito, curiosidad ó ganas?. Su yugular roída jugó un papel trascendente en lo que yo disfruté. Mis palabras vanas e incipientes no convencieron, mis mentiras consiguieron el tesoro preciado de su cuerpo; Así lo quiso ella. Tendido frente a una muralla endeble accedí a no parar. Mi naturalidad hizo más fuertes mis mentiras; Las tres horas y media hicieron de mi una mentira móvil. Como campanario balanceaba su cuerpo en mi, el sonido era brutal y el campanero deleitaba sus oídos con tan aberrante melodía. Vestido para la ocasión y con invitación personal opté por entrar. La múscia se resumía a una vocal entrecortada con su respiro, el sol iluminaba aquel espectáculo carnal. La violencia oportuna de Dios selló el momento con una explosión divina; Ella, ella cayó a mi lado, murió lentamente; Yo, yo la quise un poco más, sólo, añoré su pronto regreso, un segundo estrépito.

sábado, 24 de febrero de 2007

Centavos

Todavía no sé qué fue ella. Tratando de pensar, ella no fue más que eso, sólo ella.
Nunca supe si respiraba; Su ambulante cuerpo maltratado solo gemía. No sé si moría antes ó después, pero la muerte la excitaba. No creía en mi, me amaba sin preguntas, yo la amaba sin respuestas. No leía libros, pero descifraba las cicatrices en mi. Agonizaba con la música, sus oídos solo escuchaban su silencio perpetuo, su planeador no volaba en el ocaso, solo veía el sol por las mañanas. Jamás supe de sus besos, de sus caricias, ni siquiera del color de su voz, pero puedo decir que reemplazó a Dios por unos cuantos minutos, tomó su puesto sin pedir permiso a mis creencias vacías. El cinismo mimetizaba su cuerpo esculpido en sal. Ella sabía de mi romanticismo, yo apenas conocía de ella su cuerpo desnudo, su insolente dualidad, el existencialismo macabro que no la dejaba dormir. La amé sin razones pero con necesidades abruptas.
Me amó sin decirlo, cambió su amor por mis centavos.

Mexicana


Ella no lo amaba, ella no tenía las más mínima idea de lo que era el amor y su dianética. Solía decirle palabras sucias y gritarlo, a él le gustaba. A él no lo llenaba el sexo de ella; Ella idolatraba el de él.
La cama era una frontera, él procuraba no pasar de la raya, ella era una maldita mexicana.

Sin Orgasmos

Rezaba de rodillas porque no tenía el resto. Su vida monótona y senil se basaba en Barba Jacob, solo que la idea de ser promiscuo no cabía en él. Escuchaba música que solo existía en su cama. Algún día alguien me dijo que ser mutilado tenía sus ventajas, la impotencia bizarra te hace un orate y no eres nadie; El viscoso vómito de la fama no se mete en tu nariz."Un pedazo de mierda inodora no molesta a nadie que no la vea"Su obituario nombraba a Frida y a su deseo reprimido de volar.Además de Fausto sólo estaba yo.